domingo, 31 de marzo de 2013

Shakespeare escribió los guiones de Los Soprano.


En realidad el titular debería decir "Si William Shakespeare hubiera vivido en el siglo XXI, hubiera trabajado de guionista de la serie Los Soprano", pero permítaseme la licencia periodística. Y es que llevo unos días dedicado a reponer por enésima vez la mítica serie de la productora americana HBO y me divierte comprobar el paralelismo entre los temas favoritos y universales del dramaturgo inglés y los de los guiones del serial televisivo.

Para los (pocos) que no sepan de que va la serie o no hayan oido hablar de ella, decir que narra los avatares de una familia italoamericana que controla la mafia del norte del estado de  New Jersey. Pero en lugar de limitarse a contar la típica historia gangsteril de tiros y violencia que hemos visto cientos de veces ya, la originalidad reside en colocar a estos mafiosos dentro de la sociedad y describirlos como vecinos, padres, hijos, colegas, clientes, pacientes de psiquiatras... y hacer que todo y todos interactúen a la perfección como el mecanismo de un reloj.

(ojo. El próximo párrafo puede contener spoilers)

Y a partir de aquí es cuando los guionistas encabezados por David Chase empiezan a encadenar historias dignas de Shakespeare ¿O no es el personaje de de Livia, la madre de Tony Soprano,  una Lady Macbeth moderna que llega a traicionar hasta a su propio hijo? ¿Y que me decís de Pussy Bonpensiero? debatiéndose cual Hamlet sobre si delatar a sus amigos al FBI y cayendo en el más devastador sentimiento de culpa.... O Christopher Moltisanti, eterno aspirante a capo y con unos celos enfermizos hacia su prometida que harían enrojecer al propio Otelo. ¿Y no es menos cierto que en todo el show sobrevuela el racismo que sienten en su contra los protagonistas por ser de ascendencia italiana, como si fueran Shylock, el Mercader de Venecia, ricos y poderosos pero diferentes y rechazados al fin y al cabo? Y, en fin, la ingratitud e incomprensión de los hijos para con sus padres, como con el pobre Rey Lear o amores desgarrados e imposibles dignos de Romeo y Julieta...

Harold Bloom, prestigioso y pedante crítico literario, propuso a Shakespeare (junto a Cervantes y Montaigne) como el escritor canónico por excelencia. Pues yo propongo Los Soprano como serie canónica por excelencia. Ea.

domingo, 3 de marzo de 2013

VICTUS, Albert Sánchez Piñol


El problema que he tenido con la nueva novela de Sánchez Piñol eran las grandes expectativas que tenía depositadas en ella: Un escritor que me gusta escribiendo sobre un tema que me interesa y en un género, el de la novela histórica, del que me declaro aficionado, merecía mucho más. Es como cuando vas a ver una peli de la que te han hablado muy bien tanto crítica como amigos; te cuesta ser objetivo y la vara de medir no es la misma. Pues esto es lo que me ha pasado con Victus. O sea, que si me preguntáis qué tal está, os diré que bueno, que bien, que no esta mal, que me ha gustado pero...
 
Para el que no lo sepa nada del argumento, que pocos deben quedar a estas alturas, decir que Victus narra el asedio de la ciudad de Barcelona por parte de las tropas borbónicas en la guerra de sucesión de 1714. El protagonista es un joven ingeniero llamado Martí Zuviría y el novelón se divide en tres partes: la etapa de aprendizaje en una escuela de ingenieros francesa muy particular donde aprenderá todo lo aprendible acerca de fortificaciones y recintos amurallados, las aventuras enrolado en los ejercitos de los dos bandos contendientes y finalmente la defensa de las murallas de la ciudad de Barcelona durante más de un año. La primera parte no es demasiado atractiva a no ser que tengas curiosidad por saber de fortificaciones y como expugnarlas (se explica absolutamente todo al respecto, quizás demasiado exaustivamente incluso). La segunda parte ya es más amena porque tenemos al protagonista metido en las más importantes batallas de la Guerra de Sucesión (Madrid, Bailén, Tortosa). Y la parte que me ha gustado más con diferencia es la de la defensa inútil de Barcelona ante el potente ejército francés y castellano, aunque pueda llegar a hacerse un pelín tediosa algunas veces.
 
Cosas francamente buenas del libro: La descripción de los ejercitos de la época, sin maniqueismos y sin señalar a buenos o malos; muchas veces se trata de mercenarios que a menudo no son siquiera del país que defienden, incluso los generales cambiam de bando por circunstancias laborales. La atmósfera de la ciudad, con los políticos como siempre y los gremios y los ciudadanos entregados a una defensa desesperada. Y unas láminas de la época muy curiosas de diversos planos de Barcelona.
 
Ante el eterno debate de la novela histórica sobre explicar lo que pasó o hacer una novela de personajes en un entorno histórico, Sánchez Piñol se ha decantado esta vez por pormenorizar los hechos y dejar en un segundo plano, si no en un tercero, a los personajes que no tienen nunca un peso propio demasiado relevante. Excepción hecha del protagonista y de un gran personaje, Antonio de Villarroel, general del ejercito catalán y, si tenemos que hacer caso al autor, verdadero héroe de la resistencia y no Casanovas como comunmente se cree.
 
Un par de curiosidades para terminar. Sánchez Piñol está preparando el libro que cerrará la trilogía que empezó con La Pell Freda en 2003 y que siguió con Pandora al Congo en 2005. Por último, decir que hubo una cierta polémica desde ciertos sectores por el hecho de que el autor escribiera por primera vez en castellano y más un libro con un nivel de simbolismo tan elevado. Zanjó la polémica declarando en varias entrevistas que "no hay que darle más vueltas, me salió así".